lunes, 16 de marzo de 2009

EL ATAQUE DE LAS EXES.

CAPITULO I



Estaba yo, como nunca, en una multitienda de centro comercial. Como nunca me encontraba dentro de un probador; pues extrañamente había encontrado algo que quería comprar. De hecho más de una; aunque como siempre solo una me quedo bien, una camisa. Salí con ella puesta a dejarle a la vendedora que me atendía, todo aquello que no me había gustado o quedado bien. Había dejado mis cosas en el probador, y debía volver por ellas. Pero algo me detuvo. Ella me detuvo; sobre todo el ver que ella también me miraba.

La mirada de esa morena exquisita me puso nervioso. No tuve uno de esos clásicos malos presentimientos. Solo nerviosismo, adrenalina corriendo por mis venas; como si algo fuera a pasar. Sus ojos encontraron los míos y mi respiración se acelero.

Le devolví el resto de la ropa a la vendedora. Sin saber que otra cosa hacer. Ella estaba al otro lado de la tienda, en el sector de la ropa interior femenina. Viendo que nueva prenda poner sobre su piel color canela. Su altura me permitía verla por sobre los muebles giratorios, en donde se cuelgan las prendas. Parecía un hada flotando, mirándome con una seria diversión. Con su corte de cabello, ni corto ni largo, producto de su prima estilista; se veía hermosa. Volví al probador con calma, tratando de no demostrar la agitación de mi pecho; que algo me advertía.
Llegue al probador y trate de calmarme. Respirar un poco; hablarme al espejo, diciéndome que debía tranquilizarme, calmar mis hormonas. Trate de pensar y comprender, que fue esa extraña sensación. Ya calmado y sin entender nada, comencé a desabotonarme la camisa.

En eso estaba cuando note que, el hablar conmigo mismo había delatado en que probador me encontraba. También note, con sorpresa, que una morena conocida se aprovecho de que en mi nerviosismo, olvide ponerle seguro a la puerta. No era un gran problema. Un tipo con el torso desnudo en un probador de hombres, no era problema para nadie.

¿Cómo iba a imaginarme que una mujer iba a colarse en mi probador? Menos una hermosa morena. Mucho menos “esa” hermosa morena. Después de todo ¿Qué era esto, el ataque de las exes?

Se coló e mi probador con rostro serio. Casi indignada por tener que hacerlo. Entro y cerró la puerta con el seguro, con naturalidad pero molesta. Me miro a los ojos y me dijo. –Dame espacio por favor.- Yo me moví para darle un sitio en el probador. Gracias a Dios, o al diseñador, esos probadores son bastante amplios (mientras más lejos del espejo estas, menos puedes ver las imperfecciones de la ropa; o las tuyas) mientras me hacía a un lado, ella aprovecho para mirarme con la camisa desbotonada.

Luego se volteo hacia el perchero y colgó en el, dos sujetadores; que no necesitaba, pues nunca he visto pechos más firmes. Y un par de colaless diminutos; pues odiaba usar cualquier otro tipo de bombacha. Luego vuelve a mirarme a la cara, no a los ojos; y me dice, aun fingiendo molestia. –Los probadores de mujeres estaban todos ocupados, y como sabía que no te iba a molestar…- Y procedió a mirar al espejo y comenzar a sacarse la polera.

Yo debo de haber tenido una gran cara de estúpido, en ese momento. Pero no soy un estúpido. Por ende se, que ninguna tienda de este mundo, permite que te pruebes la ropa interior antes de comprarla.

¿Y qué era eso de “y como sabía que no te iba a molestar”? Habíamos terminado hace meses, no nos hablábamos desde casi el mismo tiempo. ¿Ella creía que yo aun la deseaba? ¿Sabía que aun la deseaba? ¿O se me había notado que aun la deseaba?

Ella ya estaba sin polera. Y me mira por el espejo y me dice. –Desabróchalo porfis.- E indico con un dedo el tirante de su sujetador.

-Me es más fácil si te das vuelta.- Respondí y ella se volteo molesta, y se digno solo a ver y oler mi pecho. Yo baje los tirantes de sus hombros, al mismo tiempo. Y luego me acerque a ella para que mi mano derecha pudiera alcanzar, el exacto centro de su simétrica espalda; en donde se encontraba el broche del brasier. Metí mi dedo mediano por debajo del broche, y con mi pulgar e índice tome la punta del broche; y luego tire de ella. Los dos ganchos de acero que abrochaban un tirante, a las dos medias argollas de acero del otro tirante; se soltaron sin ningún problema. El elástico de cada tirante los separo con velocidad; y dicha energía hizo caer el sujetador por sus brazos.

Sus hermosas tetas morenas, de pezones gruesos y perforados, de suavidad angelical, aroma exquisito y dulce. Aquellas donde yo había jugado, disfrutado y amado tantas veces. Aquellas tetas que ella ponía en mi boca, para mi deleite y el de ella, mientras me cabalgaba. Aquellas que decía la volvía loca cuando las tocaba. Las niñas. Quedaron al descubierto, allí bajo mis ojos; al alcance de mis manos. Ante la tentación de mi boca.

Ella sin dignarse a mirarme se volvió hacia el espejo y me dijo gracias. Aun molesta por tener que compartir un probador conmigo. Tomo uno de los sujetadores del perchero y lo desmonto el colgador, en el que venía.

Yo para evitar quedarme mirando su gran delantera, solo un poco más pálida que el resto de su morena piel; fije mi vista en el tatuaje de su espalda. O al menos en la parte nueva, desconocida por mí. Cuando mirándome por el espejo, y sorprendiéndome con mis ojos sobre su cuerpo, me dice. –¿Me lo puedes abrochar? Por favor.- Giro su cabeza para verme de reojo demostrando una molestia menor.

Yo que apenas había dicho dos palabras (es una expresión) tome ambos tirantes y los abroche. Ella no dio las gracias. Decidí sentarme, en el pequeño piso que había en el probador. Ella se dedico a mirarse en el espejo sin prestar atención, aun con su cara seria.

Toda la situación me tenía muy nervioso. Nos podían sorprender en cualquier momento. Ningún empleado se tomaría bien a una pareja en un probador. ¿Qué le importaba a la tienda que fuéramos ex pareja? Había ahí una morenaza exhibiéndose para un hombre. Pero toda esa situación también me tenía muy caliente. En mi probador estaba exhibiéndose en ropa interior, para mí, mi ex pareja. Una morenaza de metro setenta y cinco. De tetas grandes y firmes. De culo grande, torneado , firme y apretable. A quien aun le faltaba por probarse dos colaless. Y a quien, en cualquier momento, podía sorprender conmigo cualquier empleado de la tienda. Mi verga se estaba quedando sin espacio en mis jeans; y sentarme en el pequeño banco era la mejor manera de disimular mi erección.

Ella miro su sujetador en el espejo y dio un suspiro de desaprobación. Se miro por ambos perfiles y luego me miro a mí. Que ya tenía puesta mi cara de autocontrol.

-Desabróchamelo.- Me dijo

-¿Cuál es la palabra mágica?-

-Por favor.- Respondió en total molestia.

Se arrodillo frente a mí, sin esperar a que dijera que si. Paso sus brazos a mí alrededor, por debajo de mi camisa abierta, que aun no me quitaba; y se sujeto a mi cinturón. Como si aun fuera mi dueña. Lleve mi mano derecha a su pecho, donde sus exquisitas tetas de sirena tostada por el sol, se reunían; y puse mi índice por debajo del sujetador. Con mi mano izquierda abrí el broche, tal y como lo había hecho antes. Ella hundió su nariz en los pelos de mi pecho; y mientras se ponía en pie, olio desde mi pecho a mi barba. Haciéndome cosquillas en el cuello.

Al levantarse mi índice derecho sujeto su brasier, el cual dejo escapar sus tetas y sus brazos con facilidad. Esta vez no disimule mi deseo de ver sus senos de morena salvaje. Me quede ahí mirando cómo se ponía en pie, y como se alejaba; lo que permitía el probador, sin darme la espalda. Deleitándome con esa visión de ensueño.

¿Se atreverá? Me pregunte a mí mismo. Y sin poder responderme, tome la decisión de participar en su juego hasta averiguarlo.

Tomo el otro sujetador y se volvió al espejo. Se coloco los tirantes en los hombros y volvió a mirarme. Yo no le había quitado los ojos de encima; pues si bien no podía ver su delantera en el espejo, podía ver su hermoso culo, dentro de esos gastados y rotos jeans color celeste. Dio los dos pasos que le permitían llegar hasta el otro lado del probador. Llego frente a mí y se apoyo en mis piernas; para arrodillarse lentamente. Pasando sus tetas de sirena, con los pezones perforados aun fuera del sujetador, frente a mi nariz. Luego puso su nariz frente a la mía; y cuando sus grandes ojos cafés pasaron frente a los míos el tiempo se detuvo. Ignoro por cuanto. Poso su caballera negra sobre mi pierna izquierda, y separo sus carnosos labios para decirme -¿Me lo abrochas?-

Abroche su sujetador y se puso en pie. Pasando su nariz por sobre mi erección, mi vientre, mi pecho, mi cuello y mi boca. Estaba con mis hormonas a tope cuando paso sus labios casi rozaron los míos. Desfilaron frente a mí permitiéndome sentir su calor, con mis labios; su cuello perfumado, sus tetas de belleza mítica, su plano vientre de mujer guerrera, y sus caderas de bailarina exótica.

Se volteo a admirarse en el espejo. Nuevamente se evaluó de frente y de perfil. Parecía más conforme con este; aunque yo sabía que debería comprar ambos. Aun así se dio vuelta a mirarme y a preguntar -¿Te gusta?-

-Mucho. Y el sujetador también esta bonito.- Respondí con mi sonrisa de perversión.

Ella algo incrédula, o queriendo aparentarlo, se volvió al espejo. Como si quisiera asegurarse de que el sujetador modelaba a la perfección sus senos de deidad griega. Entonces sucedió algo que solo puedo explicar, y lamento si no les gusta la explicación; como un milagro.

De los parlantes, que tiene toda tienda por departamentos, y en los que solo ponen por música cualquier ritmo de moda; en especifico en los parlantes de los probadores. Comenzaba a sonar AC-DC con “A touch too much”. Arquee mis cejas en sorpresa, sin imaginar lo que sucedería.

Aquella morena exuberante en curvas emitió un –¡Ohhh!- En exclamación de alegría y grata sorpresa. Solo para luego comenzar a menear los atributos que, con generosidad, le dio la naturaleza; al ritmo del Hard Rock. Se volvió a mirarme y apoyo sus manos en sus anchas caderas. Sonriendo viciosamente se acerco bailando hasta mí. Cuando estuvo frente a mi rostro desabotono sus jeans. Para luego bajar en un suave y sensual bamboleo de caderas, con sus pies juntos. Dejándome de nuevo olerla hasta el cuello; solo que esta vez roce su morena piel con mis labios. Ella se puso en pie con rapidez y se alejo dándome la espalda; meneando esa cola redonda, que quería (y aun quiero) apretar y nalguear. Se alejo para bailar con su reflejo en el espejo. Abrió sus piernas torneadas como hechas a mano, y se bajo su culo hermoso hasta casi rozar el piso alfombrado. Se levanto y se desabrocho el sujetador, sin necesidad de ayuda alguna. Lo arrojo al piso, y cubrió sus morenos y gruesos pezones con sus manos. Volvió bailando, los dos pasos que la separaban de mí, y apretó y soltó sus tetas de ángel frente a mi rostro; dejándome contemplar como tanta belleza se movía, bailaba y se desnudaba para mi deleite.

Poso sus manos en mi cabeza y yo la tome, con gentileza, por su desnuda cintura. Su piel me lleno de mil recuerdos. Después de que la tomara por la cintura, se quito las zapatillas, siempre desatadas; con infantil gracia. Apoyada en mi cabeza siguió bailando, como si yo fuera el protagonista de algún video de Hard Rock ochentero. Se bajo el cierre del pantalón. Y mientras ella meneaba sus caderas, en la sensual danza que parecía condenarnos al infierno; fui bajando, sin prisa y sin pausa, sus jeans. Roce sus piernas, hechas a mano por el mejor de los escultores, desde sus caderas hasta sus tobillos; que fue donde deje sus pantalones. La morena tentación se apoyo nuevamente en mi cabeza, para librarse por completo de la prisión de gastada mezclilla; quedando, para mí, solo en su diminuto colaless negro.

Levanto su descalzo pie derecho y lo apoyo sobre mi pierna izquierda. Jugó con sus tetas deliciosas al ritmo de la música. Yo acaricia sus depiladas piernas, de sus tobillos a sus muslos. Pero antes de llegar a su precioso culo, capaz de enloquecer a los hombres, ella retiro su pie y dio media vuelta. Ahora era su culo lo que se meneaba frente a mi rostro, y se acercaba.

Cuando estuvo a la distancia deseada, por ella; tomo su colaless por los tirantes laterales, y lo bajo hasta la mitad de su escultural cola. Allí siguió bailando, llevando sus manos a su cuello, jugando con cabello negro; abriendo un poco más las piernas, a medida que su pagano movimiento acercaba su cola paradita, a mi cara. Yo ataque con mis dientes en cuanto la tuve a distancia de tiro. Sin usar mis manos, y mientras ella se movía y la canción iba a la mitad. Sujete la última prenda que osaba cubrir su cuerpo, con mis dientes. Ella meneo un poco menos su caderas, contoneo sus pechos y jugó con su cabello ni corto ni largo. Baje lo que ya era un molesto pedazo de tela; hasta el fin de su culo firme y bello. Y allí me quede con mi nariz casi en su coño, oliendo como su dulzura me llamaba. Adivinando mi deseo, ella cogió su colaless y lo bajo al ritmo del coro, hasta sus tobillos. Regalándome el salvo conducto a su sabor, a la suavidad de su coño depilado. Confirmé con mi lengua lo mojada que estaba. Tome su culo, abriéndolo ligeramente y me hundí en su mojada estreches.

Ella retiro se culo de diosa latina. Se apoyo en mi cabeza y se saco el colaless de un tobillo y luego del otro. Puso su pierna derecha sobre mi pierna izquierda, y me acerco su mojada conchita, gestora de mis más blasfemos placeres. Con sus manos sobre mi cabeza; casi dándome las gracias de antemano por lo que iba a hacer. Toque sus labios con los míos, antes de masajearlos, desde su comienzo hacia su clítoris, con mi lengua. Mientras ella seguía bailando al final del tema. Al tiempo que yo adoraba su clítoris con mi lengua, ella suspiraba y me quitaba la camisa, que aun no pagaba.

El tema termino, y antes de que ella pudiera notarlo, deje su clítoris; y tomándola por sorpresa de la pierna derecha y de su cintura de reloj de arena, la hale hacia mí. Con fuerza y velocidad pero sin rudeza. A ella le gustaba suave, al menos al principio, y yo lo recordaba.

Recordaba otra cosa. Que ella se reprimía el gemir. Por mucho que su conchita explotara en jugos, ella mordía la almohada (que yo siempre le quitaba) o escondía su rostro en ella, o se mordía a sí misma; y una que otra vez a mí. Por lo que no había peligro de que ella armara un escándalo. No había razón para no hacerlo.

La celestial morena cayó sobre mi erección, totalmente desnuda. Sus piernas quedaron alrededor mío, y yo la apreté contra mí; para sentir su piel contra la mía, sus pezones contra mi pecho; para respirar, una vez más, el mismo aire. Me abrazo por el cuello, y yo a ella por la cintura. Respiraba pesadamente, y se movía presionando su conchita contra mi erección; ensuciando mi pantalón con su dulzura. Quizás involuntariamente. Sus ojos miraban los míos, pero bajaron a mis labios; y allí se quedaron. Hasta que yo dije –Empezamos así.- Haciéndole recuerdo de nuestra primera vez.

Ella acerco sus labios a los míos, y al verla cerrar sus ojos nos besamos.

Me di cuenta entonces cuanto echaba en menos esos labios, esa lengua, esa boca, esos besos. La apreté aun más contra mí, con mi derecha en su nuca, mi antebrazo en su espalda, y mi izquierda apretando con firmeza su culo. Baje mi mano derecha de su nuca a su cuello y comencé a masajearla. Ella se aferro a mi cuello y me besaba como si en eso se le fuera la ida, mas sin dejar de ser tierna. Con sus carnosos y suaves labios rozaba y acariciaba los míos; al son de su angelical lengua, que acariciaba la mía lenta pero firmemente.

Podría aventurarme a decir, que ella extraño mis besos tanto como yo los de ella.

Mis labios bajaron por su cuello. Y mis manos pasaron a su espalda, para sostener su peso; ayudándola a reclinarse y a ofrecerme sus tetas de sirena, hechicera y devoradora de hombres. Ella echó su cabeza y su cuerpo hacia atrás sin soltar mi cabeza. La sostuvo firme para poner sus tetas en mi boca. Mientras yo presionaba más y más su entrepierna contra mi erección. Bese su cuello, su pecho y el contorno de sus firmes tetas. Cuando metió uno de sus gruesos y morenos pezones en mi boca fue la gloria. Hasta el sabor del acero quirúrgico de su aro, fue en extremo agradable. Lamí y bese ese pezón, esa teta. La chupé con gusto, la metí por completo en mi boca. Mordí su pezón, haciendo presión contra el aro, para escucharla gemir; solo un poco. Luego pase a su teta izquierda, también riquísima. Primero mordí el pezón y luego la lamí con fuerza; deje mi lengua vibrar en su pezón como si fuese su clítoris. Y la escuche.

-Me vuelve loca como me lames, como me tocas.-

-Aaaay Morena.- Respondí yo entre lamidas y besos.

-Mételo…- Dijo y subió mi calentura y el tamaño de mi verga al máximo.

La eche hacia atrás y la recosté, con dificultad, sobre el piso alfombrado. Fue entonces cuando vi lo pequeño que era el probador; no había manera de hacer algo en el piso, pero no importo. De pie sobre ella me abrí el pantalón y lo baje junto con mi bóxer a la altura de mis muslos. Me senté de nuevo en el pequeño asiento y me quite mis zapatillas con los pies. Ella se arrodillo, y de rodillas me quito los pantalones y el bóxer. Intente levantarme pero ella se resistió a que me pusiera de pie.

Ahí de rodillas me miro a los ojos y cogió mi verga con su derecha. Ya sabía lo que haría, y no tenía ni tengo ningún problema con eso. Sin besos, sin lamidas, sin caricias; se metió mi verga en la boca. Todo lo que pudo, de un solo golpe. El placer de su lengua y sus labios contra mi piel estirada al máximo, es inexplicable. Apretaba la base de mi pene con la derecha, mientras acariciaba mi pierna con su mano izquierda. Su boca subía y bajaba alrededor de mi verga dura y grande; recitando muda, el hechizo que yo le enseñe para llevarme al cielo. Estuvimos juntos tan cortos mese y sin embargo aprendió tan bien y tan rápido. Yo comenzaba a gemir, sintiendo el placer crecer a medida que su mamada se intensificaba. Tenerla arrodillada frente a mí, dándome placer con sus gruesos y morenos labios en forma de anillo, cuando al tiempo podía ver su despampanante culo en el espejo del probador; parecía de ciencia ficción. Parecía un sueño.

Entonces soltó mi verga. Como si se hubiese aburrido o se hubiera quitado un empacho pasajero. Sin decirme nada se puso de pie y se sentó sobre mí. Sin un beso, ni nada. Con suerte me miro a los ojos cuando se sentó sobre mí, de frente; dejándome entre sus morenos muslos, atrapándome con sus piernas. Puso su mano izquierda en mi hombro y con la derecha tomo mi verga; la guio hacia su conchita mientras se acomodaba lentamente. Para luego dejarse caer sobre ella y clavársela, sin delicadeza, en su mojada, caliente y estrecha conchita. Dio un pequeño gemido cuando la mitad de mi tronco, la parte más gruesa de mi verga, traspaso sus labios. Yo la abrace por la cintura, dejando mis manos en su baja espalda; sintiéndome como un gigante en cada centímetro de estrechez.

La diosa morena sobre mí mantuvo sus ojos cerrados durante toda la penetración. Y ahora que sus suaves labios rozaban la parte más baja de mi vientre; ahora que su suave y depilada conchita se había quedado un tanto seca, incapaz de lubricar todo mi grueso y largo pene erecto, ahora abrió los ojos. Me abrazo por el cuello y volvió a cerrarlos al besarme. Sentí como su conchita se mojaba más y más cuando entre sus deliciosos besos lo único que me importaba era estar dentro de ella; aunque fuera inmóvil. Fue en ese momento y sin dejar de besarme que la morena comenzó a cabalgarme. Muy despacio en un principio, como si mi tamaño la lastimara. Y de a poco, al irse su conchita apretada mojando y acostumbrando a mi tamaño, fue imprimiendo más fuerza y algo más de ritmo.

Dejo de besarme para jadear en mi oído; sin el ánimo de estimular aun más mi calentura, con sus suspiros y jadeos, pero lo hizo. Me abrazaba fuerte, pegando sus pechos contra el mío. Yo me deshacía en besos por sus hombros y cuello, y en caricias por su espalda. Toque cada una de sus vertebras y acaricie, sin levantar mis manos de su piel, hasta sus caderas, las apreté y baje mis manos a su culo. Ella me cabalgaba lenta pero profundamente cuando apreté su culo y se lo abrí. Gimió de gusto cuando separe sus nalgas deliciosas, y se dejo caer aun más profundo sobre mi erección. Se quedo ahí por un instante, antes de seguir cabalgándome y jadeando. Me volvió a abrazar fuerte, me beso y luego susurro en mi oído. –Me vuelves loca.- Y agrego algo de velocidad a nuestra suave, pero profunda, cogida.
-
¿Te falta poco?- Pregunte, conociéndola.

-Si…- Respondió entre jadeos, con sus bellos ojos cerrados y su boca abierta.

-Entonces no te detengas morena.-

-¿Morena?… ¿No me va decir su putita?- Su pornográfica y cachonda respuesta me llevo al limite.

Claro. Esta no era una de las veces en que hacíamos el amor. No. Se necesitaba una putita para entrar y hacer eso en un probador.

-No eres mía, Putita.- Respondí. Con algo de rencor. –Solo eres una Putita. Una hermosa morena muy putita, que se está por venirse sobre mi verga dura… ¿Cómo está mi verga Putita?-

-Rica-

-¿Por qué? ¿Qué tiene de rica mi verga?-

-Está muy grande… En serio muy grande… Y muy dura.-

-Está así de dura por ti Putita; solo por ti.-

-¿Si?-

-SI. Bésame Putita.- La Putita obedeció y me dio uno de esos profundos y dulces besos que solo ella sabe dar.

-¿Quieres sentir mi verga más grande?- Le pregunte mirando que cara iba a poner. Ella me seguía cabalgando, pausado y profundo; pero al escucharme meneo la cabeza sin abrir los ojos.

-Imposible…-

-No es primera vez que me dices eso.- Levante mi cadera y la pegue más a ella, haciendo que mi verga llegara a tocar su útero.

-OHHHH…- fue su respuesta. Seguida de unos segundos de inmovilidad y una sonrisa, de grata sorpresa. Pasado ese instante volvió a cabalgarme, ahora más rápido; pero a la misma profundidad.

Sus jadeos se transformaron en gemidos que ella trataba de ahogar y esconder. Yo la penetraba empinando mi cadera, sincronizado con él, ya más rápido, ritmo de su cabalgata. El placer de sentir su estrecho coño mojado, subiendo y bajando por mi verga, hasta que mi glande tocara su útero; me invadía y me acercaba al orgasmo. Ella me llevaba la delantera en la carrera por corrernos, pero yo me iba venir en ella de seguro.

-¿Te gusta Putita?-

-Siii…-

-¿Quieres que te llene Putita? ¿Quieres hacer que me venga?-

-Si…-

Me beso como si hubiera estado esperando que dijera eso. Sus labios me estaban volviendo loco. La suavidad de su piel morena me acercaba al cielo. Sus gemidos, ahogados por su disimulo, se hacían más difíciles de esconder. Y su conchita se mojaba más y más, empapando mis testículos de su placer.

-Sujétate de mi cuello Putita. Fuerte.- le ordene entre jadeos. Ella obedeció como si aun fuese mía.

La tome fuerte por la cintura con mi brazo derecho y la sujete de su majestuoso culo con el izquierdo. Planté con firmeza mis pies en el piso y me incline hacia adelante. Cuando ella se iba de espaldas me puse de pie y la enderece con un potente golpe de cadera; que me produjo un enorme placer.

-Abrázame con las piernas Putita. Cruza los tobillos.- Ella con sus ojazos abiertos, sujeta firme de mi cuello, obedeció; sin emitir más sonido que sus ahogados suspiros. Mi verga estaba clavada en lo más profundo de su ser.

Con mi brazo derecho abrazando su cintura y mi brazo izquierdo aferrando su angelical cola; la levante y la deje caer sobre mi verga dura. Comencé a cogerla de pie, a empalarla en mi erección. Rápido y fuerte. Buscando mi placer y mi orgasmo. Rodeado por sus brazos, piernas y gemidos, gemidos que se hacían más agudos y más fuertes. Ella estaba a punto de correrse, y los dos lo sabíamos. Con mis ojos abiertos seguí cogiéndome a, la otrora, mi putita. Fuerte, rápido, profundo; con mi verga hundiéndose para pronto explotar en u orgasmo, que prometía ser excelente. Cuando dejo de gemir, y el placer y los gemidos que querían escapársele, deformaron su angelical rostro; supe que se estaba corriendo. Y la cogí aun más fuerte.

-Eso Putita. Vente para mí… Así…-

Ella aguantaba su respiración, tratando de controlar su placer; sin que yo se lo permitiera. Mi placer era intenso y delicioso. Su apretado y mojado coño me exprimía la verga que estaba por explotar en semen.

Tomándola por sorpresa, y para no correrme de inmediato, la penetre lo más profundo que pude y me quede quieto dentro de ella. Su boca se abrió, sin que sonido alguno saliera de ella. Retire mi verga un poco y volví a penetrarla lento. Justo cuando estaba por cerrar su boca, se vio forzada a abrirla de nuevo; forzada por su placer, que no iba a terminar aun. Hundí mi verga en su profundidad y estrechez; y la seguí penetrando lentamente, como a ella le gusta, un par de veces. Ella me apretó con sus brazos y piernas. Yo aproveché de susurrar en su oído.

-Aguanta un poco más Putita. Yo ya me vengo dentro de ti.-

Dicho eso aumente el ritmo, a toda la fuerza y velocidad que pude alcanzar. Ella soltó un fuerte y único gemido, e inhalo una profunda, pero rápida, bocanada de aire; para volver a aguantar la respiración en un nuevo orgasmo. Se soltó de mi cuello y se sujeto de mi con sus piernas y tomándose de mis brazos. Se reclino hacia atrás y cuando abrí los ojos pensando que podía caer, pude ver sus tetas; balancearse al frenético ritmo de nuestra cogida. Cegado por el placer cerré mis ojos y me perdí dentro de aquella diosa morena en busca de mi orgasmo. El cual llego, al cabo de un par de penetraciones más.

Clave mi verga hasta el fondo, hasta que su útero me impidió llegar más adentro, y explote en semen. Mi gran gruñido acompaño a la enorme cantidad de semen con el que llene su coño, ya mojado; ambos fruto de mi excitación y del intenso placer que seguía sintiendo. Ella acompaño el inicio de mi orgasmo, y mi gruñido, con un gemido de grave placer; que no fue capaz de controlar al tener otro orgasmo mientras yo la llenaba. Nos movimos lentamente, buscando disfrutar hasta lo último nuestro orgasmo. Hasta que yo la apreté contra mí, y deje mi pene inmóvil y aun duro, pegado al final de su conchita.

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